Capital social como forma de enfrentar a la pobreza y promover el proceso de desarrollo en el Área Metropolitana de Monterrey: El caso de la colonia Fernando Amilpa y sus hogares

Luis Portales (portales.luis@gmail.com)
Escuela de Negocios, Ciencias Sociales y Humanidades, Tecnológico de Monterrey
November, 2012
 

Abstract

El Área Metropolitana de Monterrey (AMM) presenta una paradoja. Por un lado existen colonias donde se cuentan con niveles de desarrollo por encima a la media nacional y que inclusive sus niveles de vida han sido comparados a los que se presentan en las ciudades más caras del mundo, como París y Nueva York, mientras que por el otro existen colonias con niveles de desarrollo similares a las que presentan los estados con los mayores niveles de pobreza del país –como son Chiapas, Guerrero y Oaxaca-, las cuales han sido definidas por parte de la Secretaría de Desarrollo Social de Nuevo León como polígonos de pobreza.
La definición de estos polígonos es muestra de un esfuerzo que se presenta a nivel estatal por combatir las condiciones de pobreza en que se encuentra casi el 20% de su población, pero que a su vez, también se ve enmarcada por una preocupación de corte nacional e internacional por atender a la problemática que se presentó e incrementó con mayor fuerza a lo largo del siglo XX: la pobreza. La importancia que la pobreza tiene actualmente obedece a su inclusión, desde la década de los ochenta y de la mano con la entrada del neoliberalismo como modelo de desarrollo, como uno de los dos objetivos a los que el mundo debía de atender, el otro objetivo era el crecimiento económico acelerado de las naciones. Esta inclusión generó una relación simbiótica entre la pobreza y el desarrollo, en donde la erradicación de la primera marcaba la consecución del segundo.
Ante la evidencia, en la década de los ochenta y principios de los noventa, de que el modelo neoliberal no daba los resultados esperados en diferentes regiones del planeta, especialmente América Latina, el modelo que hasta entonces se había basado en una perspectiva economicista, caracterizada por el rol hegemónico que la dimensión económica tenía en la medición de lo avances que en materia de desarrollo y pobreza se lograban, fue puesto en entredicho. Esta situación hizo que la visión de ambos conceptos dejará de estar ligada al paradigma economicista que había prevalecido durante la mayor parte del siglo XX y se comenzará a adoptarse una de corte multidimensional, en donde el aspecto económico es solamente una de las dimensiones del desarrollo y del entendimiento de la pobreza, en el cual aspectos relacionados con la educación, la salud, la vivienda, la participación social y los aspectos que tiene que ver con las relaciones y redes sociales en donde interactúan los diferentes actores juegan un rol importante en la conceptualización y comprensión del binomio desarrollo-pobreza.
Desde esta perspectiva, en la década de los noventa, con el inicio del interés por encontrar elementos que explicaran el fracaso que hasta entonces el modelo neoliberal había tenido en los países latinoamericanos, fue que el concepto de capital social –que si bien tuvo su primera conceptualización a principios del siglo XX, no fue hasta los ochenta que éste fue tratado con mayor profundidad como una capital capaz de movilizar o de brindar acceso a diferentes tipos de capitales o recursos a los diferentes actores sociales que hicieran uso de él- entró como un elemento clave en el combate a la pobreza y por ende en la consecución del desarrollo.
Con la irrupción del capital social en este debate y con su visualización como un elemento capaz de atender a distintas problemáticas sociales vinculadas con la pobreza, como es el caso de la exclusión social, la vulnerabilidad y la reconstitución del tejido social, éste se posicionó en la mente de investigadores y organismos internacionales generando una proliferación en el número de trabajos y estudios que se aproximaban a él como variable explicativa o a ser explicada (Adler & Kwon, 2002; Millán & Gordon, 2004; Mouw, 2006; Portes, 1998a; Portes & Landolt, 2000; entre otros), convirtiéndolo en un paradigma de investigación que generó un debate académico sobre cuáles eran sus características, perspectivas, enfoques y posicionamientos. El nacimiento de este paradigma de investigación, caracterizado por la relación entre capital social, pobreza y desarrollo, hizo que el concepto se popularizará, dando como resultado la proliferación de estudios y conceptualizaciones que pueden ser clasificados en dos visiones: una de tipo expansionista y otra de corte minimalista.
Al ser el capital social una posible solución a las problemáticas vinculadas al desarrollo y la pobreza, y de su impulso por parte de diversos Organismos Internacionales -como Banco Mundial, Naciones Unidades, Banco Interamericano de Desarrollo, entre otros-, éste se comenzó a integrar en la Política Social de algunos países, especialmente en aquellos que se encontraban en vías de desarrollo y que se encontraban en América Latina, por medio de la generación de programas de desarrollo social. Estos programas buscaron la generación o construcción de capital social en zonas marginadas o en situación de pobreza con la intención de ayudarlas a superar las problemáticas en que se encontraban.
En esta línea, México, a lo largo de las diferentes etapas de su evolución durante el siglo XX, ha centrado parte de sus modelos de desarrollo en las diferentes propuestas realizadas por parte del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Tal es el caso del sistema de sustitución importaciones que desde inicios del siglo XX se utilizó y que tuvo un colapso en los sesenta y setenta (Bruton, 1998), las políticas del Consenso de Washington en los ochenta y noventa (Bresser Pereira, 1991; Williamson, 2003), y la adopción del modelo económico neoliberal y la preocupación por el Desarrollo Humano y Sustentable de finales de los noventa y principios del siglo XXI (Córdoba, 2009; Mota, 2002).
La aplicación de estos modelos ha traído una paradoja, similar a la encontrada en el AMM, para México como país. Por un lado está posicionado con un Índice de Desarrollo Humano (IDH) de 0.77, considerado como alto de acuerdo a los estándares del PNUD (2011) que lo sitúa en el lugar 57 de todos los países que conforman Naciones Unidas; pero que, por el otro lado, también ha traído consigo un incremento en la desigualdad que existe en el país, pues si este mismo índice considera este aspecto, el IDH de México baja a .449 que es considerado como bajo. Es decir, México es un país de contrastes en donde existen zonas con altos niveles de desarrollo y otras donde éste no ha llegado a alcanzar los mismos niveles, tal como pueden ser los casos de las cañadas de Chiapas, las sierras de Oaxaca y Guerrero, o los desiertos de Sonora y Chihuahua. Esto también puede observarse en el país, a nivel de la riqueza económica, donde más del cincuenta por ciento de su población vive en algún tipo de pobreza –alimentaria, de capacidades o patrimonial— (CONEVAL, 2011), y sin embargo, también se encuentran varios de los hombres más ricos del mundo.
Es en este contexto de inequidad, la pobreza y marginación social, en línea con las recomendaciones de los diferentes organismos internacionales, es que México ha integrado al capital social como un elemento detonante en la generación de procesos de desarrollo en las regiones o zonas donde se presentan estas problemáticas. Los casos más emblemáticos son aquellos impulsados por la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL) a nivel federal, con el programa de Habitat de una forma explícita, y con otros varios programas –como puede ser Vinculación con OSC, red móvil, entre otros- de una forma implícita.
Aunado a la inclusión de este capital social en los programas de atención y combate a la pobreza, éste se ha integrado, de alguna u otra forma, en la definición de la pobreza multidimensional utilizada para el caso mexicano, hecho que habla de la relevancia que tiene el capital social en la política social mexicana y en el modelo de desarrollo que el país ha optado por implementar. Alineado a esta política social nacional, Nuevo León ha visto en la promoción del capital social una opción para atender a la paradoja del AMM, en donde se encuentra más del 95% de la población estatal. Para ellos ha diseñado una estrategia basada en la identificación de 51 polígonos de pobreza, en donde se concentra el 45% de su población, y en la focalización de programas a través de la puesta en marcha de Centros Comunitarios de Desarrollo Social, quiénes además de fungir como ejecutores de la política social estatal, también tiene como interés lograr el fortalecimiento del capital social de los habitantes de estos polígonos con la finalidad de poner fin a su situación de pobreza y de mejorar los procesos de desarrollo que se presenta en su interior.
Es bajo este contexto que la tesis tuvo como interés conocer la forma en que se presenta la relación entre capital social, desarrollo y pobreza en hogares con diferentes condiciones de pobreza, que se encuentran al interior de una colonia del AMM catalogada como polígono de pobreza. Para lograrlo se diseño un modelo de análisis del capital social para cada una de las dos visiones que existen del concepto, minimalista y expansionista, que integra en su operación y análisis una aproximación metodológica mixta. Esta estrategia permitió conocer cómo los hogares de la Fernando Amilpa, colonia del AMM seleccionada con base a criterios de pobreza, marginación e infraestructura social, han hecho uso de su capital social para mejorar sus condiciones de vida.
Dentro de los principales hallazgos de la investigación se encuentra el hecho de que existen una diversidad de capitales sociales, y no uno solo, los cuales son utilizados por los hogares, ya sea de forma individual o colectiva, para acceder a diferentes formas de capital económico y humano, mismos que pueden identificados según la visión desde la que se aborde al capital social y los intereses que persigan los propios integrantes del hogar. Por ejemplo, desde una visión expansionista, se encontró que el capital social colectivo es un mecanismo que lograr una mejora en las condiciones de vida de la colectividad que hace uso de él, como fue el acceso a servicios de infraestructura social básica en la Fernando Amilpa, y que cuando deja de movilizarse tiende a atomizarse haciendo creer que éste ha desaparecido y haciendo que su estudio solamente pueda ser realizado desde una visión minimalista del concepto. Por otro lado, desde la visión minimalista se encontró que los hogares tienen diferentes tipos de capital social, mismos que son movilizados en función del tipo de recurso al que desean acceder y a las condiciones de pobreza que presentan.
Es así como la tesis contribuye al conocimiento que existe sobre la forma en que el capital social favorece a que los hogares del AMM hagan frente a las distintas condiciones de pobreza en que se encuentran, a la par que contribuye al fortalecimiento de su propio proceso de desarrollo.


ISSN: 2254-2035